Visita del alumnado del IES Los Montecillos a la Residencia Novocare

Unos pocos metros separan el IES Los Montecillos de Coín de la Residencia de mayores Novocare. Y allí fueron el viernes nuestros alumnos y alumnas de los cursos más altos acompañados de sus profesoras del Departamento de Economía. Tuvieron que cruzar la carretera, pero debían traspasar también la invisible y férrea frontera que divide, en este caso, a dos generaciones.

Los ancianos -me resisto a llamarlos “nuestros mayores”- los esperaban en círculo, cada uno con dos sillas vacías a cada lado que ocuparían los chavales al azar. Ambas partes tenían el encuentro preparado, con preguntas que servirían para ocupar un eventual silencio. Pero el silencio no apareció y no fue necesario sacar los apuntes. La conversación surgía a borbotones llevada en volandas por la necesidad de contar, el deseo de escuchar y la sorpresa del descubrimiento.

Más de sesenta años había de diferencia entre estos compañeros de tertulia. Remedios había sido costurera. Quedó con los estudiantes en que llevarían telas para la siguiente vez y ella les enseñaría a cortar y también algo sobre pespuntes y zurcidos. Luisa se lamentó de no haber podido ir a la escuela y les pidió libros y ayuda para leer. Otros contaron historias de la guerra, esos episodios de la contienda fratricida española que deberían quedar recogidos antes de que se pierdan para siempre porque nadie explicará como ellos las contradicciones y sinrazón de lo que aquello significó.

En esta sociedad donde la infancia es cada vez más corta y donde no se valora envejecer, las profes de Economía idearon una actividad donde la generosidad hizo ganar a todos en compañía, sabiduría y experiencia.

Los chicos y chicas volvieron al instituto llenos de planes. Yo nunca había visto tanta emoción en profesores y alumnos a la vuelta de una actividad extraescolar. En esta no hizo falta ni autobús, ni tren, ni avión, simplemente había que cruzar la carretera.